Según
los últimos datos actualizados del Instituto Nacional de Estadística (INE),
Héctor Castro Ariño - El Reportero 74
HÉCTOR CASTRO - EL REPORTERO 74: Una bentana auberta al món. Una ventana abierta al mundo. Una finestra oberta al món. Este blog pretende ser una exposición de reflexiones, relatos y entrevistas para toda aquella persona que quiera compartir sus inquietudes existenciales, pero también terrenales.
jueves, 5 de noviembre de 2026
Los nombres más puestos en España
viernes, 4 de septiembre de 2026
El balbuceo universal: por qué casi todos llamamos igual a nuestros padres
Existe una paradoja fascinante que sorprende a
cualquiera que se asome a la lingüística comparada: mientras que los
vocabularios de las lenguas del mundo divergen hasta volverse mutuamente
incomprensibles, las palabras más íntimas de nuestro repertorio —aquellas con
las que designamos a quienes nos cuidan— guardan un asombroso parecido genético
formal, incluso entre familias lingüísticas que jamás han tenido contacto
histórico ni geográfico.
¿Cómo es posible que un niño en los valles del
Pirineo, otro en las llanuras semidesérticas del África occidental y otro en
las selvas del Chaco coincidan en sus primeras sílabas? La respuesta no reside
en una hipotética lengua madre primigenia, sino en la pura anatomía del aparato
fonador humano y en la mecánica acústica del balbuceo infantil.
La coincidencia lingüística: de
Galilea al África subsahariana
Basta
asomarse a unos cuantos idiomas para que la coincidencia empiece a parecer casi
mágica:
La estadística lingüística descarta la mera
casualidad. ¿Qué mecanismo universal está operando detrás de esta simetría?
Anatomía del primer sonido:
oclusivas, bilabiales y la vocal abierta
La explicación la sistematizó de forma brillante el
lingüista Roman Jakobson a mediados del siglo XX en sus estudios sobre el
lenguaje infantil. El bebé no «aprende» a decir mamá por un acto de
comprensión semántica previa; es el adulto quien resignifica el patrón acústico
más elemental que el lactante es capaz de producir mecánicamente.
Cuando
un bebé llega al mundo, hablar es una tarea física titánica. Todavía no tiene
el control motor necesario para colocar la lengua detrás de los dientes para
hacer una «s», ni la fuerza para
hacerla vibrar en una «r». Su aparato
fonador está dando sus primeros pasos.
Por
eso, los primeros sonidos que emite son simplemente aquellos que no exigen
esfuerzo de colocación:
1.
La vocal más espontánea (la «A»):
Para decir una a, no hay que mover la
lengua ni colocarla en ninguna posición difícil. Basta con abrir la boca y
dejar salir el aire con la voz. Es el sonido más libre y directo que existe.
2.
Juntar y abrir los labios (M, P, B):
Son los llamados sonidos bilabiales porque solo
intervienen los dos labios. No hace falta coordinar la lengua contra el paladar
o los dientes: lo único que hace el recién nacido es cerrar la boca y volverla
a abrir mientras suelta aire y sonido.
3.
El impulso espontáneo de emitir voz:
Cuando el bebé intenta vocalizar y abrir la boca por primera vez, el paso natural de tener los labios juntos y separarlos produce de inmediato esas combinaciones elementales. Si deja escapar la voz mientras los labios están en contacto y luego los abre, surge de manera espontánea la M seguida de la vocal: «ma». Si la apertura es un poco más repentina o explosiva, el aire contenido salta en forma de P o de B: «pa», «ba». No hay artificio ni aprendizaje previo; es el gesto fonético más simple y accesible que un ser humano puede producir.
El espejismo del reconocimiento
Aquí
llega el giro más entrañable de esta historia: en su origen, el bebé no está
intentando nombrar a nadie.
Al principio, un niño de pocos meses que balbucea
combinaciones repetitivas y reduplicadas «ma-ma-ma» o «pa-pa-pa»
no tiene conciencia léxica. Solo está explorando las posibilidades mecánicas de
su propia boca, jugando con el ritmo de abrir y cerrar los labios al respirar
sonoramente.
Somos los adultos quienes, embriagados de afecto y
necesidad comunicativa, nos apropiamos de esa primera secuencia fonética. La
madre escucha esa primera combinación con la m y se emociona creyendo
que su hijo la ha llamado; el padre escucha esa explosión con la p o la b
y siente exactamente la misma fascinación. Nos adueñamos de esos balbuceos
elementales, los cargamos de afecto y los convertimos en los nombres más
universales de nuestra especie.
Así, desde las orillas del Jordán antiguo hasta las aldeas de la sabana y nuestras propias casas, la lengua humana demuestra que, antes de ser cultura o gramática, es pura biología compartida: un puente común tejido con el mismo aire, los mismos labios y la misma ternura universal.
domingo, 23 de agosto de 2026
Tertulia y ritual del té en Uagadugú
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| Lazaar escanciando el té |
Cuando cae la noche en la maison salimos con
los colegas del barrio a tomar el té en la calle. Se trata de un encuentro donde socializar
mientras se lleva a cabo el genuino ritual del té del África occidental, que
puede presentar pequeñas variaciones de un lugar a otro. No se trata
simplemente de tomar una infusión, sino que hay todo un ceremonial para ello
que puede alargarse por espacio de dos o tres horas.
Normalmente,
Lazaar saca un hornillo metálico de carbón muy rústico, pero muy coqueto. O
bien él, o bien Moustapha son quienes ponen las ascuas en el
anafe para, acto seguido, encender el carbón sirviéndose de pequeños trozos de
papel o cartón previamente encendidos. No siempre es fácil que el carbón
vegetal prenda. Cuando ya hay brasas se coloca una pequeña tetera con agua en
el hornillo, y se espera unos minutos antes de añadirle el té (a veces también
se agregan unas hierbas). Cuando la infusión está hirviendo adquiere un color
muy oscuro y un sabor muy amargo, por lo que se le añade azúcar. Luego se saca
la tetera del hornillo y se vierte el líquido del recipiente a un vaso grande
de plástico y viceversa y, todo ello, desde una altura considerable que alcanza
el medio metro. Este vertimiento se hace por dos razones, para enfriar la
bebida y para crear la espuma del té. Seguidamente se vuelve a colocar la
tetera en las brasas del hornillo y, al cabo de unos minutos, se vuelve a
repetir la acción del vertido. A continuación, se va sirviendo el té en unos
vasitos de cristal muy cucos y de poca altura que están depositados en una
bandejita de metal, la cual se va pasando de unos a otros para que cada uno
coja su correspondiente cubilete. Estamos ante la primera ronda del té, que
presenta un sabor asaz amargo. Desde el comienzo del ritual hasta servir estos
primeros vasos pueden haber transcurrido, tranquilamente, 40 minutos.
Todos se beben el té en cuatro o cinco
tragos bastante seguidos, excepto yo, que lo encuentro excesivamente acibarado
y ¡me cuesta diez minutos acabar el último sorbo!
Una vez vaciados los vasos, se repite la
misma dinámica de preparación del té pero sin sobrepasar los 25 minutos y
añadiendo más azúcar. Mientras tanto, con el agua de una garrafa se lavan
exhaustivamente los vasos, ya que no solo se pueden reutilizar para los que ya
han bebido, sino para aquellos que van apareciendo a lo largo de la noche. En
esta ocasión, la bebida resulta más dulce y equilibrada, aunque no para mí, que
la sigo encontrando demasiado amarga.
Aún queda una ronda, por lo que se
vuelve a preparar la infusión pero, esta vez, se añade más agua y azúcar. El
resultado es un té ligero y dulce (yo lo sigo encontrando algo amargo, será
porque me gusta más lo azucarado) que, algunos, esta vez se lo toman de un
sorbo.
Durante todo este ritual, que puede alcanzar las tres horas, la gente habla de las cosas cotidianas, del día a día, de fútbol, de apuestas hípicas, del trabajo… combinándolo con silencios cómodos y risas compartidas pero, en ocasiones, también con discusiones acaloradas que no pasan de una apasionada dialéctica. El grupo va variando, normalmente es un corro de 5 o 6 personas pero que va disminuyendo o aumentando a lo largo de la noche. Las charlas suelen ser muy reposadas y, aunque las combinan con un uso exacerbado del móvil, rompen completamente con las dinámicas de estrés y prisas de Occidente.
domingo, 16 de agosto de 2026
Las lenguas de la tierra: De las voces de Burkina Faso a nuestro aragonés oriental
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Alizeta, Djafar y Héctor conversando en el porche de la maison. Uagadugú, agosto de 2026. |
La vida
en la calle en Burkina Faso es auténtica y natural en todos los sentidos. La
gente tiene en la calle un lugar donde expresarse, conversar, socializar,
encontrarse, trabajar, tomar el té, ayudarse, hacer tratos y negocios, exponer
el cultivo de la tierra a la vez que artículos sofisticados, rezar, jugar, ver
fútbol por la televisión, dormir, comer, beber o simplemente preguntarse: —Mãnã
wãna? (¿Cómo estás?) —Laafi (bala) (Todo bien). Este saludo y su respuesta son los más
extendidos en las calles de su capital, Uagadugú, donde la inmensa mayoría de
la gente habla la lengua mooré. Pero en este país, situado en el corazón del
África occidental, se hablan, al menos, 66 lenguas autóctonas según
lo recoge el Ethnologue: Languages of the World.
Las lenguas oficiales del Estado son el mooré, diula y fula (conjuntamente
con el bissa en algunas disposiciones territoriales). El francés está
considerado como una lengua de trabajo, y se utiliza, sobre todo, en los
organismos profesionales, oficiales e internacionales, la administración y la enseñanza.
El francés lo sabe hablar entre el 23% y el 24,5% de la población, según la
Organización Internacional de la Francofonía (OIF).
Pero, dejando de lado los fríos datos estadísticos,
adentrarse en los mercados y mercadillos del país es descubrir todo un mundo
idiomático en el que cada cual habla su lengua sin normas oficiales
restrictivas ni limitadoras y sin preceptos enjabonados en una presunta
superioridad científica de supuestas academias y de académicos de renombre y
despacho. No hay conflictos, todos se entienden y nadie quiere imponer idiomas,
se entremezclan las lenguas propias del país con el francés; la pequeña lengua
diula, sin embargo, funciona como el gran idioma comercial en la zona oeste del
territorio y, además, los pocos nasaardõma (plural de nasaara, que significa ‘persona blanca’ en
mooré) que se localizan pueden hablar, sin problema y sin miradas
fiscalizadoras, otros idiomas, sobre todo el gestual, para intentar hacerse
entender y que la comunicación sea más o menos inteligible.
Todas las lenguas que se hablan en Burkina Faso reflejan la
verdadera alma, historia y memoria de sus pueblos. La lengua que se aprende en
casa, la de padres y abuelos, transmite un cariño y una forma de entender la
vida que ninguna lengua global, foránea o de más o menos prestigio puede
sustituir.
Con todo este contexto cultural y afectivo no es de extrañar que, una vez sociabilizado y haber hecho conocidos y amigos, me encuentre en ese momento de avidez y de instrucción, con un matiz nostálgico, de intercambiar léxico y expresiones del mooré con sus paralelos del aragonés oriental o chapurriau. Y es que toda lengua materna transmite identidad y afecto, es el alma del pueblo. Cuando estás en un lugar distante y llevas semanas escuchando a la gente hablar diaria y espontáneamente en sus lenguas nativas, te viene a la memoria toda una carga de términos y giros únicos aragoneses que están seriamente en peligro de extinción a punto de ser fagocitados por lenguas más influyentes en la sociedad en la que vivimos. Pero esas expresiones idiomáticas forman parte de la personalidad de nuestros pueblos. Cuanto más oigo hablar en mooré, incluso en diula o fulfulde, más trascendencia les doy a las lenguas autóctonas, incluido nuestro aragonés oriental o chapurriau.
La riqueza lingüística de
Burkina Faso, como la de Aragón, forma parte del territorio. En Ouaga tenemos
el ejemplo más claro de la perfecta cohabitación y sintonía entre lenguas, la
gente convive integrándolas con naturalidad, saltando de una a otra en la
conversación cotidiana para entenderse, exactamente igual que hacemos en el
Aragón oriental, a pesar de esos catastrofistas que advierten de que el
bilingüismo es un quebranto y, casi casi, una traición a nuestra lengua materna
y que, para solucionarlo, nos ofrecen la resolución de sustituir nuestro idioma
por otros más poderosos y hercúleos que, aunque parecidos, distan mucho de
representarnos. Si algo observo en Burkina Faso, es que valoran mucho lo
propio, y eso incluye preservar las lenguas locales, que no es sino cuidar la
biodiversidad cultural. Por ende, también podemos decir que amar y defender el
aragonés oriental o chapurriau es enriquecer a todo Aragón y a España, no
restar. El usar los autoglotónimos aragonés oriental, chapurriau, chapurreat,
chapurreao… no es más que dignificar el propio idioma, transmitido de
generación en generación desde hace siglos. El ejemplo más claro lo encontramos,
curiosamente, en el endónimo Burkina Faso. Como comentamos en un artículo anterior,
No importa si estás en un
pueblito de la zona oriental de Aragón, en una gran ciudad de Asia o al este o
el oeste del uagadugués
Wemtenga, cuando la gente habla el idioma de
sus antepasados, habla desde la verdad y el afecto. Siempre que se viaja
para permanecer durante una estancia larga en algún lugar longincuo, las
palabras aprendidas en su infancia acompañan de forma perenne y fiel a todo
cronista.
Bilfou!
sábado, 8 de agosto de 2026
Manos fuertes, mentes frías y corazones abiertos
Eso es lo que se necesita llevar en la mochila
para viajar a Burkina Faso. Hay lugares que te hablan a través de sus miradas y
de sus colores. Este pequeño país del África occidental es uno de ellos.
Adentrarte por los recovecos de su capital, Uagadugú, y fusionarte con sus
gentes te proporciona una experiencia vital profunda más allá de las
figuraciones estereotipadas. Acompasar tus manos de nasaara (persona blanca, en el idioma local moré) con las de los
burkinabeses para levantar proyectos o cargar pesos cotidianos forja una
simbiosis inquebrantable. Los uagadugueses, hombres y mujeres, tienen las manos
ásperas y curtidas desde niños no solo por sus trabajos, sino también por la
dureza de sus tareas y quehaceres diarios. Es importante venir al Sahel con las
manos preparadas para bregar intensamente bajo un vehemente sol que solo se
apacigua con las tormentas estivales.
Los viajeros que decidan sumergirse en la
idiosincrasia del país deben ser conscientes de que, a veces, los elementos
adversos se pueden presentar de manera repentina y hay que reaccionar con
aplomo y ecuanimidad y no dejarse llevar por impulsos imprudentes o reacciones
desazonadas fruto de la ansiedad. Soy de los que piensa que la vida no se mide
por números, sino por la intensidad con que vives cada momento. Aquí
descubriremos parámetros a los que no estamos acostumbrados, pero eso no tiene
que ser óbice para adentrarnos en una cultura que nos abre sus puertas
desde que ponemos un pie en su
territorio. Asimismo, si centramos el tiro en el reporterismo, un buen cronista no solo debe llevar una pluma y un dispositivo
de captura de imagen, sino también el anhelo de captar y mostrar las diferentes
realidades y la capacidad de reacción ante las contingencias que puedan
sucederse.
Y ¿qué hay de la parte humana? Nos reciben unas
gentes excepcionales y asazmente acogedoras. Debemos ser recíprocos y ofrecer
nuestro afecto y generosidad sin caer nunca en una conmiseración que este
pueblo no necesita. Es un pueblo orgulloso, forjado a sí mismo y con un futuro
que ya comienza a fraguarse en el presente. Así que, corazones abiertos, no
solo para intercambiar miradas afectivas, sino para contribuir, desde un plano
de igualdad, a la mejora comunal; corazones abiertos para brindar nuestro
cariño a unos niños que disfrutan de una infancia demasiado corta y corazones
abiertos para estimar a un pueblo que, frente
a las complejas adversidades de la región del Sahel y los inmensos desafíos del
presente, jamás abandona su territorio ancestral.
martes, 4 de agosto de 2026
Sin mantel, sin sobremesa y sin pausas: la ética del plato compartido en Burkina Faso
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No hay mesa, no hay sobremesa y nadie se entretiene en filigranas. Aquí la comida no es un ritual para socializar; es una pausa rápida y funcional entre el ruido de las máquinas manuales de coser, retazos de tela y el movimiento de cortinas para evitar el contacto directo con el sol de mediodía.
Sin embargo, en esa
aparente prisa hay una regla no escrita: todos
estamos invitados a comer. Alrededor de un barreño de arroz con trozos de
pescado se disponen mujeres, hombres y niños. De manera cortés, en el balde se
colocan dos cucharas por si alguien quiere hacer uso de ellas -sobre todo
pensando en los extranjeros-, pero solo una o dos personas se sirvieron de los
cubiertos, el resto estábamos ya mimetizados con la idiosincrasia de la
comunidad local. Las manos de trabajadoras, niños y voluntarios se concentran
en un barreño que hace las veces de fuente y de plato. Los comensales,
dispuestos alrededor de la palangana con el maná, intercambian miradas,
comentarios y risas mientras se alimentan utilizando la mano derecha. A los
niños pequeños también se les da la comida con las manos. A pesar de que es la
manera más connatural de comer, requiere su praxis –si no se está habituado–
para remedar a los cubiertos y no perder ni pizca de alimento.
La comida a veces la
paga una, a veces la paga otro, e incluso a medias, pero el plato es siempre de
todos. Da igual si estás de paso o si llevas años allí; si estás presente
cuando el barreño se pone o está en el suelo, te puedes sumar a la comida sin
mayor problema.
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Arroz bien condimentado con trozos de pescado salteados. |
A lo largo de tu vida
te vas formando, te entrenan para observar los detalles, pero la convivencia en
el terreno te enseña a quitarte los prejuicios. No hace falta un restaurante ni
una gran vajilla para entender la generosidad. Se entiende al primer bocado,
compartiendo espacio y comida en el suelo, entre risas espontáneas que saltan
sin planificarlo.
Comer del mismo
recipiente no siempre es una necesidad logística, sino que es una forma de hacer
comunidad. Una lección diaria de sencillez donde lo importante no es cómo se
sirve la mesa, sino que nadie se quede fuera de ella.
A medida que se va
terminando de comer, cada cual reemprende su actividad, pasa a otra tarea o,
simplemente, se estira en el suelo para hacer una siesta –comprobamos que el
sesteo no es exclusivo de España–.
El momento de las largas charlas se hace después de acabar el trabajo, mientras se reposa, normalmente en el suelo de los porches y patios de las casas, o al dar inicio la tarde-noche, cuando los hombres se reúnen en la calle alrededor de una tetera delante de alguna de sus casas. El ritual del té puede durar horas y mientras tanto se charla sin prisa sobre cualquier asunto mientras, en muchas ocasiones, se presta igualmente atención al teléfono móvil.
viernes, 26 de junio de 2026
La "patria de los hombres íntegros"
Patria
de los hombres íntegros
es la traducción, más o menos literal, de Burkina Faso. Este país del África
occidental adoptó su nombre el 4 de agosto de 1984, cuando su gobernante
autócrata Thomas Sankara cambió oficialmente la denominación colonial del país,
Alto Volta, por la de Burkina Faso.
El
término está compuesto por dos palabras de las dos lenguas autóctonas más
habladas y extendidas del país con la finalidad de cohesión nacional. La
palabra burkina proviene del mossi (mooré), mientras que faso
procede del diula (yulá). La primera significa persona u hombre íntegro, honesto,
orgulloso, recto, persona de honor, incorruptible (referido a alguien que no se
deja corromper), hombres íntegros o comunidad de personas honestas. La segunda
significa patria, casa del padre, casa paterna, país, territorio, tierra natal.
Así, la palabra compuesta toponímica resultante, Burkina Faso, significa Patria
de los hombres íntegros (haciendo un uso androcéntrico o genérico de la palabra
burkina [personas]).
Pero
lo más curioso y sorprendente lingüísticamente es el uso que se hace del
gentilicio y que introdujo también Thomas Sankara. Se trata del sufijo plural -bè,
el cual proviene de una tercera lengua, el fula (fulani, fulfulde), y significa
hijos de, personas de, habitantes de, hombres/mujeres. La introducción de este
elemento se hizo por dos motivos: uno, por integrar a una tercera lengua usada
por otra de las principales identidades del país y, segundo, para tener una
traducción literal de hombres y mujeres íntegros. Así pues, burkinabé
significa, literalmente, hombres y mujeres íntegros y se traduciría como habitante
de la patria de los hombres íntegros, hijo/a de la patria de los hombres
íntegros. Dejando atrás la textualidad de la palabra, burkinabé significa
habitante de Burkina Faso. Eso sí, en español, y también en aragonés, el
gentilicio es burkinés (masc.) y burkinesa (fem.) a pesar de que,
frecuentemente, también se usa burkinabé; en catalán se usa burkinès (masc.)
y burkinesa (fem.) a pesar de que el Institut d’Estudis Catalans solo
reconoce como oficial la forma única de Burkina Faso.
Un
mapa de 66 lenguas
En este país africano se hablan, al menos, un total de 66 lenguas autóctonas, según lo recoge el Ethnologue: Languages of the World. Además de estos idiomas nativos también se hablan cuatro alóctonos: francés (considerada una lengua de trabajo); inglés (considerada una lengua de trabajo); árabe (se utiliza principalmente en el ámbito religioso musulmán) y español (lo sabe menos del 0,5% de la población total, pero se trata de un segundo idioma extranjero que eligen muchos estudiantes en la escuela secundaria y en la universidad). Las lenguas oficiales del Estado son el mooré, diula y fula (conjuntamente con el bissa en algunas disposiciones territoriales). Las más habladas y extendidas en el país son el mooré (lo habla, aproximadamente, el 50% de la población); diula (a pesar de que como lengua nativa solo la tiene entre el 1% y el 3% de los burkineses, realmente funciona como la gran lengua comercial en la zona oeste del país, por lo que mucha población la ha adoptado como segundo idioma); fula (hablado por entre el 8% y el 9,4% de los habitantes) y el bissa (entre el 3,3% y el 3,56% según el censo nativo). El francés lo sabe hablar entre el 23% y el 24,5% de la población burkinesa, según la Organización Internacional de la Francofonía (OIF), sobre todo en las zonas urbanas.
El puente de la palabra y el tiempo elástico
Esta densidad cultural transforma la experiencia del viaje en una inmersión filosófica. Ryszard Kapuściński (1932-2007), historiador, periodista, escritor y uno de los corresponsales más destacados del siglo XX, aseveró que “Nada tiende un puente entre las personas en África de forma más rápida que una risa compartida” (Ébano, 1998) refiriéndose a mercados de lugares como la capital burkinesa, Uagadugú. Kapuściński, quien viajó a través del Alto Volta (Burkina Faso) principalmente en las décadas de 1960 y 1970, fue corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca (PAP, Polska Agencja Prasowa) y pasó muchos años recorriendo el continente africano, de manera intermitente, entre 1957 y 1994.
Este
políglota polaco, considerado, a menudo, por los periodistas como santo patrón
de los corresponsales y reporteros internacionales (el patrono oficial de los
periodistas y escritores es San Francisco de Sales), consideraba que “el
europeo está convencido de que el tiempo funciona independientemente del
hombre, de que existe por sí mismo [...] El africano ve la cosa de manera
totalmente distinta. Para él, el tiempo es una categoría mucho más elástica,
abierta, fluida y subjetiva. Es el hombre el que influye en las dimensiones del
tiempo, en su curso y en su conducta (el hombre entendido, está claro, como ser
provisto de fuerza, con la ayuda de los antepasados y de Dios). El tiempo es,
incluso, algo que el hombre puede crear”. Ébano (1998).
Nos
salva el lenguaje de los gestos, las mímicas de las caras, las sonrisas
Asimismo, refiriéndose a Ghana, primer país africano que pisó Kapuściński y, concerniendo al tema lingüístico, escribió que “Al principio, entre un africano y yo se yergue una barrera difícil de superar: no es la de la raza, sino la de la lengua. El conocimiento del inglés por parte de los habitantes de un poblado del interior suele ser nulo, y el de mi dialecto fanti lo es más todavía. Nos salva el lenguaje de los gestos, las mímicas de las caras, las sonrisas. El hombre de aquí sabe sonreír con gran belleza, una sonrisa que desarma, que transmite amistad y paz”. Ébano (1998). Aunque biológica y científicamente está claro que no existen las razas humanas, sino que todas las personas conformamos una sola especie o raza humana (la variación genética entre cualquier persona del mundo es de apenas un 0.01%), el contraste entre etnias es algo significativo, sobre todo cuando se trata de poblaciones humanas separadas en lo lingüístico, cultural y geográfico. Este contraste no es, en absoluto, algo negativo, más bien lo contrario, se trata de unas diferencias que nos enriquecen a todos y que fascinan a todo viajero, aventurero, cooperante o voluntario que se precie.
martes, 23 de junio de 2026
Cerrando etapas, abriendo fronteras
A veces, el silencio no significa estancamiento, sino preparación. Tras diez meses de desconexión en este espacio, he estado concentrado en cerrar frentes, reorganizar prioridades y tomar decisiones clave para mi futuro. Durante este tiempo, he seguido canalizando mi compromiso social a través de Protección Civil, una experiencia que mantiene conectada la acción comunitaria. Sin embargo, he decidido abrir una nueva frontera y retomar mi participación en proyectos de cooperación internacional centrados en el apoyo a las personas más vulnerables.
Esta nueva etapa me devuelve a una lid justa y necesaria y me llevará, de nuevo, a colaborar sobre el terreno durante unos meses. Aunque las condiciones del entorno exigirán adaptabilidad y la comunicación no siempre será sencilla, el propósito principal es sumar esfuerzos allí donde el apoyo es más necesario, antes de reincorporarme a mis proyectos profesionales.
Regresar
a la cooperación internacional es, en el fondo, una forma de alinear mis
valores personales con mi camino profesional. Este paso no significa renunciar
a mis causas de siempre; mantengo firme mi compromiso con Aragón y seguiré
trabajando por la defensa de la lengua aragonesa así como por los intereses de
nuestra comunidad autónoma. Sé que ahora se abre un período de intenso remoce,
pero tengo la certeza de que abrir estos lindes es el paso natural hacia una
congruente trayectoria vital. Eso no significa renunciar a nada, antes todo lo
contrario, se trata de concertar los retos profesionales con el necesario
contrato con la ecúmene.
domingo, 17 de agosto de 2025
“Una lengua es un dialecto con un ejército y una marina”
Publicado en el diario La Comarca (Periódico del Bajo Aragón Histórico) hoy, 17 de agosto de 2025.
“Una lengua es un dialecto con un ejército y una marina”
Autor:
Héctor Castro
domingo, 26 de enero de 2025
Juan Antonio Lleida Forradellas presenta "Las Casas y la Chèn d’Azanuy y Alíns"
Pero el autor ha querido ir más allá y, así, hace también un repaso a la historia del pueblo y de algunas de las personas más destacadas desde tiempos remotos. Las fiestas, asociaciones y, en definitiva, la idiosincrasia de los vecinos están también presentes en este volumen. El fotógrafo Lorenzo Charlez ha sido el autor de las instantáneas del libro.
A Juan Antonio todos lo
conocen en su municipio. Aun así, haremos un breve repaso a su biografía. Nació el 22 de marzo de
1944 en Azanuy. A la edad de 12 años lo pusieron a trabajar con Politón,
panadero del pueblo. A los 16 años fue a trabajar a Barbastro también de
panadero. Después de hacer el servicio militar en la propia capital del
Somontano, se trasladó a Barcelona, donde entró a trabajar en la Diputación
Provincial. Más tarde pasó a trabajar en la Tesorería de la Seguridad Social
hasta su jubilación y, a partir de entonces, su vida la ha compartido con
Azanuy, el pueblo que lo vio nacer y que siempre lleva en su corazón. Juan
Antonio ha sido una persona autodidacta que se ha empapado de la historia de su
tierra. Como buen autodidacta es una persona con muchas inquietudes. Basta con
recordar que durante 30 años ha sido guía de excursiones de montaña en la
sección de Montaña del Club Natació Sant Andreu.
De izquierda a derecha: Lorenzo Charlez y Juan Antonio Lleida
El libro presentado el miércoles es un auténtico regalo para el pueblo, es una
auténtica joya que muchos quisiéramos para nuestros municipios. Hay una máxima que dice: “Quien pierde sus
raíces, pierde su identidad”. Y está claro que, en este caso, afortunadamente,
es todo lo contrario. Enhorabuena, Juan Antonio, por el trabajo realizado, y
ojalá que todos ustedes disfruten de esta obra que nace por y para Azanuy y
Alíns.










